Para que Aarón
David Padilla, próximo 5 de la católica, siga soñando a Maracay
Conversaba,
chateaba pues, como se dice ahora, con una amiga que se fue a Chile con hijo,
madre y hermana a buscar lo que sí se le había perdido en Venezuela: Paz,
seguridad, trabajo, esperanza; y me decía que, debido a que trabaja de lunes a
lunes, no encontraba tiempo para llevar a Aarón David al cine, al parque. Yo,
entrometido perenne, comencé a decirle que buscara en la web y en la prensa
escrita, actividades de los centros culturales de Santiago, música al aire
libre, títeres.
De allí pasé a
comentarle (y recordar soñando) que yo, maracayero absoluto, pasé una infancia
fabulosa, genial, tanto así que no me di cuenta hasta ahora, hasta que comencé
a contarle del “cáscara-máscara”, la fabulosa proposición de títeres del “enano”
Héctor Rodríguez, los miércoles de cine en el Ateneo, donde mis ojos incipientes
se colmaron de asombro, preguntas y silencios en los filmes de Kubrick,
Fassbinder y Coppola. Con La Pared de Pink Floyd y La canción es la misma, de
Zeppelin; de los famosos Grillitos, llenando de arte las ilusiones de los niños
en caña de Azúcar. Muchos años después, frente al pelotón de este fusilamiento,
habría de recordar que aquellos filmes, aquella magia, aquél teatro eran
provistos por Enrico Terrentín, Roger Rodríguez, Ramón Lameda, Lali Armengol,
el grillo Querales y tantos otros que hicieron de la promoción cultural y el
arte una vía para reconocernos como ciudad, como lugar en el mundo.
Los domingos eran
una fiesta. Con pintura al aire libre, teatro, infantil y de repertorio, y cine
familiar, caminatas y ciclismo en la UCV y funciones en la escuela de arte
dramático. Y si Dios estaba de tu lado ese día y jugaban los tigres, beisbol. Hoy
el drama se representa en los escenarios más trágicos, en fila no para retirar
la entrada, sino en cola para comer, curarte o respirar.
Hoy, bajo la
mirada cómplice, mansa y cooperante de la cultura oficial, oficialista y oficiante,
se suspende el concierto de Desorden Público.
Hoy, en la
sumisión resplandeciente y silenciada de los directivos de la ópera bufa,
recordé el atinado verso de Ramos Sucre:
Supervivientes de una raza invicta.
Hoy, El museo no
exhibe a don Mario Abreu, sino los juegos del hambre en la repartición de
gallinas.
Hoy, Aarón David
no puede soñar en venezolano, con las muñecas de Reverón o el toro constelado.
Por eso y muchas
cosas más, volveré al TOM, o al Ateneo de Maracay, sólo cuándo regrese la
democracia.
