Una de las características
más acendradas de esta post-contemporaneidad es la de refrendar nombres,
términos y signos vacíos, símbolo quizás de la vacuidad omnipresente en una
cultura de universal pobreza conceptual. En este particular conjunto vacío se encuentra
la palabra cultor(a), término de uso generalizado en el español de Venezuela
para designar, en amplio espectro, a todo aquel que se dedique a cualquier arte
u oficio relacionado con el mundillo cultural.
Veamos: piense usted,
apreciado lector, en cualquier arista cultural, y verá que hay un cultor o
cultora asociado al asunto. Si hay alguien que haga potecitos de cerámica o
correas de cuero, cultor, arreglos florales y cotillones, cultora; ¿es de la
comisión de cultura del sindicato textil? Cultor, ¿burócratas de oficio de la
casa de la cultura de San Rafael de Ejido, o de Maracay? cultores. ¿Dulces de coco,
conservitas de leche? Cultor. Poeta oficialista, periodista cultural, diablito
de Yare o pastor del limón, cultorísimos.
Por ello, la comuna
cultoral se expande cada vez más hacia el entreguismo, la nadería y la sumisión,
arrinconados por el subsidio perverso que embozala a la cultura, por el
sueldito mínimo con cesta triste, convertida en sociedad anónima que arrincona
al arte a las paredes de un museo en el que Mario Abreu se asombra al ver sus
colores maravillosos tornar al rojo autoritario, a la dictadura del
proletariado cultural.
Mientras tanto, la cultura
se derrama, diría Aquiles, como si dijéramos una botella de jarabe que se le
quiebra a uno secretamente en la bolsa de las compras.
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